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domingo, 23 de marzo de 2014

...Telas de araña

Odiaba aquel aliento en su nuca, el olor único e irrepetible que la naturaleza se encarga de unir de por vida a machos y hembras con su camada y que podría reconocer con los ojos tapados entre una multitud.
Esa noche cenarían pizza, su comida favorita de entre todas. Nada más fácil para Guillermo que pedir en cada momento lo que le apetecía porque le habían enseñado a construir una falsa complicidad férrea a base de silencios y que solo entendían su padre y él. Claro, que aún no entendía muy bien que aquellas demandas siempre concedidas tendrían un precio muy alto con los años.
Era tan fácil como darle las gracias por tanto amor y atención desmedidos a través de caricias y besos furtivos a los ojos de otros, compartir ducha o cama; películas que le robaban el sueño de niño y cuyas huellas dejaban ver su cara de cansancio al día siguiente entre pupitres y libros que a Guillermo ya no le interesaban.
Durante años, alguien a quien llamaba papá, había tejido para él la mejor tela de araña con un amor extraño, dependiente y solitario. Una tela de araña en la que lejos de sentirse protegido como hijo, como hubiese correspondido, se convirtió en la peor de las trampas. Eso sí, amparado todo por una complicidad blindada y nada sospechosa para el mundo, cuyo amor filial era incuestionable.
El padre de Guillermo era, como para cada uno el suyo, el mejor padre del mundo. Una extraña mezcla entre amigo, padre, amante que nadie, salvo ellos mismos entendían.
Guillermo no había tenido hasta ahora la oportunidad de ser solo un niño, ni de saber que un padre ha de ser, ni más ni menos, que un padre. Lo demás ya vendría con los años y desde luego le correspondía a otros pero no a él.
Nada hacía presagiar que una mañana de noviembre, alguien que también entendía de silencios cómplices y caricias no confesables iba a irrumpir de forma inesperada en los insomnios de Guillermo.
Cuando abrió los ojos en aquel pupitre que le aburría soberanamente ella le miraba con sus ojos grandes y tristes. El sintió el impulso de abrazarla y salir corriendo a un tiempo.
Pero sin saber por qué no lo hizo. Tal vez estaba demasiado acostumbrado a convivir con la paradoja de quedarse esperando consuelo o huir de todo a tiempo.

                                                       Imagen tomada de Deviantart

martes, 11 de marzo de 2014

Veo veo...

Apenas habían transcurrido unos minutos y una luz mortecina ocupaba la tarde.
Se incorporó y no vio a nadie.No escuchó más que un silencio demoledor, en una habitación que se parecía cada vez más a una de esas casas desvencijadas y solitarias que alguna vez vio en las películas.
Se incorporó en la cama y flexionó sus piernas apretándolas contra el pecho para esconder su dolor.
Miró hacia la ventana. Nadie tampoco a lo lejos.
En su postura de pájaro inmóvil, con la mirada fija en el cristal que solo dejaba traspasar la nada, se deslizaron las horas lentamente.
El crujir de una puerta le devolvió a la realidad de forma brusca.
Había llegado la noche sin enterarse y un vaho entrecortado y jadeante acarició su nuca.
Expectante, encogió aún más su pequeño cuerpo y dejó de respirar por segundos.
Sabía que una vez más, sería una larga noche que no entendería su piel.




                                                          Imagen tomada de Deviantart