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sábado, 23 de febrero de 2013

Agujeros




Comenzó siendo una delicada línea oblícua, apenas perceptible en el centro de la cama que se dilataba con el calor y contra todo pronóstico también con los duros fríos del invierno.
Los besos, las caricias, empezaron a llegar a ritmo de cronómetro, en formato power point, de manera que no se quedaban a dormir en la piel más de un minuto seguido.
Luego llegaron la sequía y las grietas, una hambruna que asolaba la quietud del sueño, el dolor viscoso y el desconcierto que se colaba entre sus uñas como diapasones enloquecidos, las cuencas de los ojos clavadas cada noche en el techo.
                Una mañana, antes de volver a hacer el equipaje, se sorprendió aterrorizado cuando giró su cuerpo frágil en busca del abrazo que de antemano sabía nunca llegaba a esas horas. Observó que aquella rendija que había ignorado durante meses, se había convertido en un gran agujero negro con latidos roncos e inaudibles.
Recordó que tiempo atrás, aquél hueco empezó oliendo a vainilla y se colaron lentamente las mañanas de domingo y olor a café que no aprovechaba como deseaba, los verbos que aprendió a conjugar en presente de mirada inquietante y unas mariposas que no conseguía retener cuando más las necesitaba.
                Ahora, a punto de partir, solo quería hacer desaparecer ese oscuro pozo que todo lo engullía de forma voraz.
Sintió un escalofrío al comprobar que el abismo del que no podía huir no era sino su cuerpo yacente en mitad de una nada blanca de uno cincuenta. Entonces musitó en voz baja:”No quiero morir aún. No estoy preparado”.