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miércoles, 24 de octubre de 2012

Cualquier tarde de lluvia

Llueve suave en estas calles de avenidas eternas que guardan el último aroma de azahar y jazmín.
Es una tarde especialmente dulce y triste como si de repente todos los ojos del mundo me hubiesen venido a visitar y llamaran a la puerta para interrogarme sobre lo más remoto de mi que no sé traducir en palabras.
La vida me da y yo le correspondo como sé y de la mejor manera que puedo.
Hoy toca olvidarse de casi todo y escuchar el susurro de la luz que se filtra lentamente por las rendijas, en las cosas que hablan por sí solas sin necesidad de gramáticas ni conjugaciones, con el lenguaje nada ambiguo de los hechos.
Estoy viva. Sí. Aquí y ahora. Respiro.Todo me empuja hacia adelante. Me acompañan los naranjos que languidecen y las aceras sin imprevistos de Sevilla, el lugar en el que estoy aprendiendo tanto de mi y del mundo y en la que puedo sentir el toma y daca de la vida de una forma ya inolvidable. "Todo está ahí afuera", me hubiese dicho hace un tiempo. Con el tiempo sé que "todo está aquí adentro", en sí mismo, en los laberínticos pasillos del alma, en los que nos perdemos o tenemos la dicha de encontrarnos con cosas que ni siquiera sabíamos que existían. ¡Benditos descubrimientos!
Y pienso en la correspondencia de lo que uno recibe y vierte en cada día.
La vida es muy sabia y aunque la reciprocidad no se rige como tantas cosas por la justicia, nos devuelve lo que le damos casi siempre. A veces, con creces, otras no no tanto. El trueque es muy fácil, yo te doy tú me das. Yo te beso, tú me traes el océano en tus manos. Yo no puedo, tú me empujas. Tú no quieres, yo te escucho. Dame lo mejor de vos y bailaremos juntos un poema.
Hoy no quiero números, tablas de excel, cuadrantes ni calculadoras de distancias kilométricas, nada de mapas que me sitúen lejos de este momento que sé, no se volverá a repetir. Recordaré estas tardes con dulzura, con la satisfacción que da la búsqueda incesante de uno mismo donde quiera que esté.
Quiero seguir llenándome de bueno para compartir pese a la hostilidad y el desánimo del mundo. No quiero rescates que no sean los propios. De los ajenos ya se encargan los poderosos. Y en todo caso, solo uno mismo puede salvarse. Todo es cuestión de voluntad o desidia.


jueves, 11 de octubre de 2012

La mordaza del silencio

Con los días aprendió a amasar otro tipo de palabras, a dejar en la orilla aquellas que ya no le servían por ajadas e insalubres. Pensó que había llegado el momento de enterrarlas y decirle adiós a tanto adjetivo inútil, a tanta paráfrasis que solo le alejaba de la realidad, de la vida misma en la que poco o nada le habían valido.
Por las grietas del olvido se colaron aquellas que un día deseó ver en su escritorio.
Recordó como aquella irrupción en público pretenciosa, cómplice y nada inocente le ofreció la pista que necesitaba.
Lo intuyó un mes de abril cuando se le llenaron los ojos de besos y flores.
Luego llegó la crudeza de un día de otoño que nunca fue suyo y las arrugas hasta entonces desconocidas para su piel. Por ellas se filtraban los pleitos y los sueños elípticos con fotos en blanco y negro que no volverían. Grietas en sus pies que anduvieron senderos entre señales de humo ambiguas.
Sí, definitivamente podía afirmar que se vivía mucho mejor así, con las palabras justas y necesarias, con el pensamiento escueto y la mirada al frente. Al fin y al cabo permanecerán las orillas de los ríos para recordarle sin necesidad de palabras, los rincones que guardan sorpresas o desdichas, sonrisas de erizo y portales con secretos no revelados.Y lo peor de todo tal vez, la ignorancia elegida o el zumbido incesante de la huida.