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domingo, 30 de septiembre de 2012

Utopías


Hoy me sé en las voces de quienes deambulan insomnes entre verbos intransitivos; en quienes perduran en los sueños y la utopía y me invitan a la luz sin promesas ni barrigas infladas de orgullo.
Hoy me sé en quienes me completan a base de sonrisas y atenciones no mendigadas o en la penumbra del dolor compartido, aquél que se amarra a mis dedos y acaricia levemente la muerte sin saberlo.
Hoy me sé en la tregua de las almas que se permiten quemaduras por amor y las lenguas que muerden la locura de lo imposible.
No maltrataré más estos ojos de anquilosada tristeza ni perseguiré la exactitud de unos pasos que no vengan de frente a reclamar noches sin pulso o amaneceres sin apuestas.
Hoy me sé en el olor de las calles a nardos y membrillos; en los versos de un soneto de piel cosida y cicatrices con forma de estrella; en las noches que se viven sin tensar las cuerdas y las aceras con niños sin cara almidonada.
Hoy me sé en la arruga entrañable de quien no huye del tiempo ni desecha el miedo y sabe, sobre todo, que no se hace viejo, sino que es viejo y camina sin prisa y sin pausa hacia el fin irremediable y necesario que a todos nos aguarda.
Hoy solo me sé "en quienes cruzan el bosque y ven mucho más allá que la leña para el fuego", como me susurró un Tolstoi sabio que también se supo en las grietas de sus días inciertos.
Hoy no quiero más secretos de caracolas en mi pelo. Me basta con el olor a peje y salitre en mis entrañas; me basta con el recuerdo que se consume lentamente en una vela blanca mientras escucho un solo de otoño que a muchos nos conquista para nacer de nuevo.



domingo, 16 de septiembre de 2012

Mapas sin trincheras

Cae la tarde y la ilusión recién estrenada se quita el sombrero ante el descanso merecido en el sillón de los pensamientos dorados.
Hay frente a mi un cielo azul mar intenso y bajo mis pies unas plantas de colores nada casuales que me dan la bienvenida a esta casa.
En la calle, las últimas ráfagas de jazmín, cena a punto de comenzar para algunos y los gritos rezagados de los críos que juegan a la eternidad del momento.
Pienso de repente en aquellos otros comienzos que me vinieron a buscar, o los que me vieron partir; los que sin mi permiso trazaron rutas nunca alternativas a base de escuadra y cartabón.
Aquellos otros días que tuvieron que vivirse en mi para instalarse en el "yo sin trincheras" en la que me he convertido.
Una colección de naipes con una Marilyn explosiva al frente me observa desde lejos y me hace pensar en cómo serían los septiembres de esa rubia de mirada triste.
A la derecha títulos inconexos de libros que esperan ser leídos y una caja de madera que deja al descubierto palabras como "Tolstoi" ... "y la alegría"..."Ellas"..."sosegada"..."olvido".
Puedo respirar la ternura de cuatro manos que durante horas han regalado mimo a rincones oscuros o esparcido besos de klimt en las esquinas, ya convertidas en tragaluz para los días grises del desencanto.
Rendida, me estremece de nuevo la capacidad del ser humano para crear belleza o destruirla, para amar u odiar, para crear espacios de la nada o reducir a la nada espacios que deberían perdurar.
Cuando pierdo las palabras adecuadas y me delatan los pensamientos alborotados, creo que en el fondo solo somos eso, pensamiento y que el resto, lo de afuera, es tan efímero que en un momento puede evaporarse como polvo de estrellas.
Por eso, mientras me vence el sueño, yo juego como los críos de la calle a la eternidad de este momento.




lunes, 3 de septiembre de 2012

Miradas y eternidad

Nunca acertó a adivinar en qué momento exacto el corazón se le pobló de nombres y libélulas.
Fueron años sin pulso llenos de ojos que escrutaban sus gestos en espiral y ofrecían un néctar diferente para cada hora del día y de la noche.
Sin prudencia fue creando presagios entre sus pechos y el abismo de los mapas donde latían corazones que ya no deseaba visitar.
Sabía que aquel lugar, aquel nombre, le habían elegido por sorpresa y sin traición para aparcar sus continuas huidas y escuchar sin dilación la canción más triste que resumiera su vida en apenas unos acordes.
Por fin aceptó que estaba hecha del olor a pan recién hecho y tardes de lluvia incesante.
Era su corazón, uno de esos corazones de minorías, de aspecto irregular y sospechoso, en el que solo arriban otras miradas que son capaces de no despedirse nunca con un beso irrepetible en cualquier estación del mundo.
Ese mundo que cada vez le resultaba más deplorable y que junto a aquellos ojos inadaptados e inconformistas le resultaba menos hostil y hasta habitable. Tal vez el único espacio que quiere seguir habitando sin mesura y con arrojo para seguir sumando tantas tardes de otoño, como hojas amarillas invadirán parques y calles solitarias.