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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Olvido con olor a tango

No recuerdo cuando su voz empezó a morir sobre mis hombros desnudos.
Sé que bajo su brazo izquierdo  trajo una alforja de premeditadas quimeras, un teléfono que sonaba dos veces por semana y un barrio sucio de pobreza escrito en la mirada.
Nunca más supe de bares cerrados ni de naufragios con distancia.
Era una rabia antigua disfrazada de silencios y sabias destrezas.
Su voz buscaba mi piel mientras yo desplegaba banderas blancas y gastaba medias carmesí los lunes por la mañana.
Derramaba en mi vientre palomas que salpicaban los mapas y... la palabra África se convertía en mañanas con olor a tango y flor marchita. Las dejaba entre mis piernas junto a un par de teteras sin té y desaparecía entre la escarcha y los cantos del gallo que nunca llegué a conocer.
Junto a las palomas, palabras con forma de poema sin vértigo que lamían el mismo mar de todos los veranos.
Muchas veces, el recuerdo inquieto de sus palabras alborotan sueños bajo las sábanas y zarandean las leyes sin precio ni aduanas. Palabras que despiertan a todos los otoños que se parecen a mi e importunan la quietud del tiempo que transcurre sin olvido.
Llega solo y sin llamarlo, junto a su alforja con premeditadas quimeras y se queda a degustar la tarde en las risas y viejas tristezas de niña desolada a punto de partir.
En noviembre, su recuerdo me sorprende por la espalda, me toma con cierto candor por la cintura y me lleva hasta la ventana para mostrarme sin miedo ni disimulo el mundo del que huyen mis pestañas tantas veces derrotadas.