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jueves, 22 de septiembre de 2011

Sonrisas que tiñen los mares del sur

"Cuando el misterio es demasiado impresionante no es posible desobedecer...
 Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es agotador para los niños tener que darles  siempre explicaciones" El Principito. Antoine de Saint-Exupéry

Hace muchos siglos, cuando aún podía hibernar en las crisálidas de las mariposas; cuando aprendí que las palabras pueden ser ánforas vacías y tortuosos laberintos sin retorno, decidí por mi misma no "dejar mi alma vagando por el mundo" y de entre todos, los elegí a ellos.
No necesité a uno ni a dos, sino a todos, porque en cada espasmo sin oxígeno o en la torpeza ineludible que a todos nos espera, habita lo imposible.
Y eso me sedujo desde el primer gesto compartido.
No hay un solo día en que mi corazón deje de navegar por sus alas rotas de espanto, por sus ojos rapaces que adelantan mucho más que una sonrisa. Sonrisa que solo unos pocos acogen sin interrogantes absurdos.
El amor no razona ni sabe de aritméticas.El amor que es de verdad, el auténtico, ocupa un espacio invisible al resto. Él llega y puede que hasta se instale para siempre.
Yo no puedo ni querría ser nunca el aire que inspiran o exhalan para aferrarse a la vida sin mascarillas.
Yo, sigo yendo de paso y de puntillas con la certeza de que en la piel de todos ellos duermen mis caricias blancas y como mucho, la curiosidad que unto en sus dedos por los libros y otras pieles suaves hasta el infinito. Esta ansia de seguir escribiendo sus nombres en el techo de mi habitación, sabiendo que algunos trazos permanecerán y otros los borrará inesperadamente cualquier ola de un mar de otoño enfurecido.
A todos ellos, que no son números ni diagnósticos equivocados, los que llegaron y los que están, los que reclaman mi presencia para guarecernos juntos de la mirada indiferente o sin escrúpulo, a María, Diego, Laura, Abederramán, Pilar o Marisina, Carlos, Alberto o Nouhaila y esa lista, que por suerte para mi, es interminable...Gracias por formar parte del escenario de mis calles y ser la lluvia que cala mi sueños y mis desvelos.
Pero sobre todo, gracias por venir a sentaros conmigo en los bancos de las plazas solitarias en la media noche.


                                          Imagen tomada de Nicoletta Ceccoli




domingo, 11 de septiembre de 2011

Septiembre

El amanecer hoy ha irrumpido antes de lo previsto.
Ninguna otra ciudad guarda como esta el rocío en el cristal de los escaparates para dibujar con el dedo sueños en zig zag.
Me levanto taciturna con la sal y el peje aún en mis caderas de mar ancho y el eco ronco del destino entre mis pechos sin dudas.
Recorro sin prisa estas callejuelas de luz sin bosque y sus plazas con olor a mandarina y piel de niño herido.
Busco, anoto los recuerdos enhebrados en la distancia y que formarán mis días del mañana remoto. Recuerdos que supieron tejerse encaramados a la alcazaba, llena de escarcha y miedo, cuando pensaba en las alondras y la muerte.
Momentos que se gestaron entre el adobe y las murallas rojas, donde se escondía la historia de esta gente de ahora y se amasaba pacientemente un amor tierno y recién hecho para mi.
Esta mañana de septiembre, el asfalto se llena de alambiques y caracolas, de Penélopes sin ojos tristes ni maletas de cartón, que ya no esperan, sino que asaltan el tiempo para vivirlo.
He llegado a mi destino. Un par de ventanas rojiblancas me miran de frente y me invitan a pasar.
Tras ellas, un espacio en blanco que tal vez inventé sin saberlo en otras vidas.
Perpleja, me abandono a la estancia sin vistas ni torreones.
Cierro los ojos y sonrío a este amanecer único que ya configura una historia inesperada entre ríos que algún día sabrán morir con dignidad en el mar.
Respiro hondo y mil preguntas acuden a mi mente, pero eso ahora no importa.
Escucho los primeros sonidos de la mañana.
El mundo parece seguir funcionando ahí afuera.
O tal vez no.