Nunca creí en el desvarío prudente
sin entregas ni delirios desmedidos
ni en los milenarios cuerpos sin hechizo
que acumulan fríos triunfos de alabastro.
Más allá de las murallas del verso
aprendí del olor que cruje
bajo los helechos solitarios,
de la lágrima distraída en los acantilados
con nombres que arrastra el mar.
Me abroché las heridas y enterré
los adjetivos simétricos del olvido
para envejecer en la belleza
de las fachadas antiguas,
sin prisioneros ni costumbres
que tomaran mi pulso al instante.
Existieron nubes
que jugaron a seducir o morir;
hazañas que construyeron bóvedas
untadas con néctar o hiel.
Y aún sobrevive
el deseo incontenible
de seguir confiando en la vida
y en los corazones sin trampas o pasadizos,
en la huella de quienes se fueron
sin irse nunca,
en las manos que se alargan hasta el infinito
para tejer presentes sin quimeras
y cielos sin promesas que atender.
A orillas del Rhin
domingo 18 de marzo de 2012
jueves 8 de marzo de 2012
Lunes con muecas de mujer
Letras rescatadas del baúl en el que no quiero se almacenen los recuerdos sino seguir llenándolo de vivencias y hechos que me arropen y me hagan la vida más fácil. Cualquier día de la semana es importante para traer aquí a las mujeres que llenaron y siguen llenando mis días de mil formas distintas.A todas, Gracias por instalaros en lo mejor de mi.
Hasta allí le guiaron las piedras sin norte,
la gota de luna recorriendo una mueca de mujer
cuya sed preguntaba al ciclo negro de la noche
si estos días le llegaron al fin para poder gritar:
“Dejadme asaltar el dolor entre mis piernas de asfalto
o morder el ansia en los labios que preguntan
a horas intempestivas.
Dejadme crear canciones en días despiadados o felices
mientras regreso, desnuda y sin preámbulos
sabiendo que la piel tiene
un más allá de las horas del viento.
Dejadme que crea en los lunes color violeta
con olor a pan recién hecho
y los gatos que suenan en los violonchelos
mudos del pobre sin nombre.
Dejadme que guarde en mí todas las voces
que no supe pintar en la memoria
del contrabando o el abandono.”
miércoles 29 de febrero de 2012
El murmullo del agua
Noches que se abren paso entre las sombras que a todos nos ocupan, las que se instalan en la prisa de una mirada, desnudando unos ojos que desembocan de nuevo a este lado del río inerte y silencioso.
En la estrechez del tiempo que tiembla sigo escarbando en la antesala de un mes agridulce y nuevo, sin caricias rotas ni sueños brillantes en el ombligo de este universo que se rompe en pedazos.
Todo me asombra y me estremece. Nada me es ajeno en el infiel paso de los años cuando leo nombres que hicieron historia. Nada me satisface más que escribir los días en las mejillas que conservan el entusiasmo a raudales como un fleco extraviado a punto de volar calle abajo.
Orgulloso el paso entre la hierbabuena y el azahar de un pecho que no se rinde nunca.
Un suave vaivén del agua cosquillea mis pies para convencerme de que si lanzo de nuevo alguna piedra habrá palabras por rescatar en el fondo.
Está bien regresar de vez en cuando aunque solo sea para certificar la propia existencia y apostar por la música que llegó sin previo aviso. Merece la pena escuchar los primeros pájaros que, como aquellos otros de madrugada, traerán hazañas nuevas para regalar en los recodos de un río que sin ser mio ya no sabría perder su identidad.
En la estrechez del tiempo que tiembla sigo escarbando en la antesala de un mes agridulce y nuevo, sin caricias rotas ni sueños brillantes en el ombligo de este universo que se rompe en pedazos.
Todo me asombra y me estremece. Nada me es ajeno en el infiel paso de los años cuando leo nombres que hicieron historia. Nada me satisface más que escribir los días en las mejillas que conservan el entusiasmo a raudales como un fleco extraviado a punto de volar calle abajo.
Orgulloso el paso entre la hierbabuena y el azahar de un pecho que no se rinde nunca.
Un suave vaivén del agua cosquillea mis pies para convencerme de que si lanzo de nuevo alguna piedra habrá palabras por rescatar en el fondo.
Está bien regresar de vez en cuando aunque solo sea para certificar la propia existencia y apostar por la música que llegó sin previo aviso. Merece la pena escuchar los primeros pájaros que, como aquellos otros de madrugada, traerán hazañas nuevas para regalar en los recodos de un río que sin ser mio ya no sabría perder su identidad.
martes 7 de febrero de 2012
Travesías
A veces, cuando la agonía duerme en el desván con los ojos vendados
puedo escuchar el arrullo de esta ciudad dorada, que llega hasta mi, sinuosa y provocadora, ofreciendo sus jadeos en el hueco de la escalera del último sueño evocado.
En la estancia vacía, una polvareda de voces blancas roban el frío de la duda
que duerme engarzada en cualquier esquina de las calles con nombre de poeta
¿Cuántas veces caí? ¿Dos, tres...?
¿Cuántas me levanté? Una, dos, tres...
Una por cada violeta robada para mi y los que se fueron.
Dos, por cada palmo de tierra mojada y recorrida de norte a sur, de este a oeste.
Tres cada vez que las promesas se diluyeron deshilachadas y absurdas río abajo.
Una tez blanca merodea el tiempo y la espuma del instante que me vive.
Es lo único que poseo y podré perder cuando me vaya de estos días soberbios y felices.
Este presente dulce e ineludible que llega para frotarse con mis pies y el placer de avanzar por el camino elegido.
Solo el rumor del agua suena ahora en espiral rodeando el corazón y mis batallas rojas.
Nunca sentí con tanta lucidez cómo el "pasado"es el eco que a todos nos ocupó un día y ya no existe, cómo el "futuro", apenas son seis letras sazonadas con un puñado de sueños o quimeras que aún no poseemos.
Por suerte, en mi "presente"conviven luciérnagas y mariposas, tranvías y vagamundos, vinos y letras por compartir y un laberinto finito y bien delineado, donde muchos seguimos amando las cometas y los barcos que, con marejada o en calma, siguen volando y navegando sin cesar.
puedo escuchar el arrullo de esta ciudad dorada, que llega hasta mi, sinuosa y provocadora, ofreciendo sus jadeos en el hueco de la escalera del último sueño evocado.
En la estancia vacía, una polvareda de voces blancas roban el frío de la duda
que duerme engarzada en cualquier esquina de las calles con nombre de poeta
¿Cuántas veces caí? ¿Dos, tres...?
¿Cuántas me levanté? Una, dos, tres...
Una por cada violeta robada para mi y los que se fueron.
Dos, por cada palmo de tierra mojada y recorrida de norte a sur, de este a oeste.
Tres cada vez que las promesas se diluyeron deshilachadas y absurdas río abajo.
Una tez blanca merodea el tiempo y la espuma del instante que me vive.
Es lo único que poseo y podré perder cuando me vaya de estos días soberbios y felices.
Este presente dulce e ineludible que llega para frotarse con mis pies y el placer de avanzar por el camino elegido.
Solo el rumor del agua suena ahora en espiral rodeando el corazón y mis batallas rojas.
Nunca sentí con tanta lucidez cómo el "pasado"es el eco que a todos nos ocupó un día y ya no existe, cómo el "futuro", apenas son seis letras sazonadas con un puñado de sueños o quimeras que aún no poseemos.
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Prosa poética,
vida
lunes 16 de enero de 2012
Invierno solo en los cristales
Estos días me enseñaron
que la arrogancia de la hiedra
y las hojas que huyen con el tiempo
guardan el aliento gélido de los supervivientes.
En su pecho de fuego
arden todos los absurdos
que buscan el refugio de la agonía y el asombro.
Nada me parece tan dulce
como el extravío de sus ojos plagados de interrogantes
que se vierten entre mi cuerpo y
el turbio silencio de la noche.
Es hermoso habitar su locura y
desgranar la furia lenta de sus dudas
cuando las primeras luces de otro amanecer
dan sentido a mis manos de escarcha.
Ahora siento
que la distancia entre mi nada y su abismo
no es más que el disfraz torpe de una minoría que
seguimos al viento del Este o del Oeste
inventando caminos irreverentes.
Que somos la viscosa y amarga serenidad
de quienes buscan y a veces encuentran,
la niebla densa y la quietud que zozobra
con el deseo azul del frío;
o el verso que nos empeñamos en trazar los utópicos
en un cristal lleno de imposibles.
Y volver a escribir entre las gotas de lluvia
con el dedo tembloroso
el mismo poema que delata y
nos invita a creer en aquellos otros días
que el pasado nos obligó a olvidar.
que la arrogancia de la hiedra
y las hojas que huyen con el tiempo
guardan el aliento gélido de los supervivientes.
En su pecho de fuego
arden todos los absurdos
que buscan el refugio de la agonía y el asombro.
Nada me parece tan dulce
como el extravío de sus ojos plagados de interrogantes
que se vierten entre mi cuerpo y
el turbio silencio de la noche.
Es hermoso habitar su locura y
desgranar la furia lenta de sus dudas
cuando las primeras luces de otro amanecer
dan sentido a mis manos de escarcha.
Ahora siento
que la distancia entre mi nada y su abismo
no es más que el disfraz torpe de una minoría que
seguimos al viento del Este o del Oeste
inventando caminos irreverentes.
Que somos la viscosa y amarga serenidad
de quienes buscan y a veces encuentran,
la niebla densa y la quietud que zozobra
con el deseo azul del frío;
o el verso que nos empeñamos en trazar los utópicos
en un cristal lleno de imposibles.
Y volver a escribir entre las gotas de lluvia
con el dedo tembloroso
el mismo poema que delata y
nos invita a creer en aquellos otros días
que el pasado nos obligó a olvidar.
miércoles 4 de enero de 2012
Fragilidad
Me desnudo en los días sin agenda y sigo el murmullo de los ríos nevados, de los pasillos blancos que transitan los desarraigados, una mirada con desfiladeros infinitos y rutas sin destino.
Llego hasta aquí con la complicidad de los años y las acequias, con la sonrisa en zig zag y las sombras o luces que aprendí a perseguir con aullidos de lobo.
Observo los días y busco el rastro del mirlo blanco para colgar en sus ojos la música que soy capaz de crear cuando mi cuerpo huele a menta y cuelgo la melancolía en los armarios que no me pertenecen; cuando se me aparecen puñados de sinceridad sin excusa o corazones sin disfraz que nada anuncian desde las ventanas a las que elijo mirar.
Tal vez solo exista esto y poco más, el incesante vaivén de las horas trampa, el misterio de las violetas que guarda un aria que se repite como una letanía y el desgarro a cada paso en falso; la fragilidad de las palabras o el robusto peso de los hechos que quedarán indelebles en la memoria solo de unos cuantos.
De cualquier manera, no recuerdo ya cuando gané o perdí el pulso a las letras y los hechos que a veces se parecen a mi solo en las horas del alba.
Llego hasta aquí con la complicidad de los años y las acequias, con la sonrisa en zig zag y las sombras o luces que aprendí a perseguir con aullidos de lobo.
Observo los días y busco el rastro del mirlo blanco para colgar en sus ojos la música que soy capaz de crear cuando mi cuerpo huele a menta y cuelgo la melancolía en los armarios que no me pertenecen; cuando se me aparecen puñados de sinceridad sin excusa o corazones sin disfraz que nada anuncian desde las ventanas a las que elijo mirar.
Tal vez solo exista esto y poco más, el incesante vaivén de las horas trampa, el misterio de las violetas que guarda un aria que se repite como una letanía y el desgarro a cada paso en falso; la fragilidad de las palabras o el robusto peso de los hechos que quedarán indelebles en la memoria solo de unos cuantos.
De cualquier manera, no recuerdo ya cuando gané o perdí el pulso a las letras y los hechos que a veces se parecen a mi solo en las horas del alba.
lunes 26 de diciembre de 2011
Besos sin versos
Y es así que los días se deslizan
verde esperanza y neón.
Y aprendiendo nuevos caminos,
nacen besos con lengua
y versos sin labios
que sobreviven al hastío
y al licor de los sueños de cristal.
Bajo el puente,
verde esperanza y neón.
Y aprendiendo nuevos caminos,
nacen besos con lengua
y versos sin labios
que sobreviven al hastío
y al licor de los sueños de cristal.
Bajo el puente,
los cuerpos se aparean
y aúllan a los cielos con dos lunas.
Ella, se desnuda lentamente,
coloca con mimo en la orilla sus zapatos
y un carpe diem a punto de estallar.
Toda la sabiduría bulle ahora
en sus pechos con sabor a cereza.
El, guarda en su bolsillo
y aúllan a los cielos con dos lunas.
Ella, se desnuda lentamente,
coloca con mimo en la orilla sus zapatos
y un carpe diem a punto de estallar.
Toda la sabiduría bulle ahora
en sus pechos con sabor a cereza.
El, guarda en su bolsillo
un inservible cogito ergo sum
y con el olor de la prisa de invierno
y con el olor de la prisa de invierno
resbala por su cuerpo
hasta caer río abajo
hasta caer río abajo
y morir en las sombras.
De espaldas al mundo
De espaldas al mundo
que estrena números redondos,
hay seres que no entienden
hay seres que no entienden
de aritmética ni rebajas;
sabores que llenan una eternidad y
murmullos de deseo felino
que rompen el silencio viscoso
sabores que llenan una eternidad y
murmullos de deseo felino
que rompen el silencio viscoso
de las frías noches de enero.
¡Felices días de descanso a todos y GRACIAS por compartir letras y mucho más por estas aguas del Rhin que se alimentan de vuestras reflexiones y cariños varios!
lunes 12 de diciembre de 2011
Ruido, nueces y cuentos previsibles
Volveré con la cara sucia y el pelo enredado a sus ganas.
Regresaré preguntándome si en las caracolas que habitan los mares del sur suenan los mismos quejíos cuando anochece; si el dolor y la dicha de cuantos habitamos este planeta se parecen entre sí.
Seguirán desfilando diciembres por las caras de los niños con churretes de espanto y caramelos inventados.
Mientras, el frío arrecia y busco el olor de la hierba para reconocerme en estos días ásperos y solemnes.
Nunca se me dio bien seguir la estela del ruido y las nueces, ni anclar los pies en la misma tierra o diseñar sonrisas de plástico entre luces y poses intermitentes.
Seguiré eligiendo el temblor de los remos compartidos, la caricia transparente de quienes llegan y se me instalan en las manos, en la complicidad del grito y el amor del medio día.
Seguiré buscando diciembres sin ausencias de cristal ni cuentos con finales previsibles.
Es hora de doblar las metáforas y continuar haciendo equipajes.
Eso sí, se me podrá encontrar siempre en las horas violeta de los charcos deshabitados.
martes 29 de noviembre de 2011
Las orillas del tiempo
Si me asomo a la orilla
puedo sentir
el silencio azul de los teatros vacíos.
Algo parecido será morir en invierno.
La última caricia que mendiga sin desdén,
las penúltimas metáforas oxidadas.
El desorden de las dudas y los acantilados
vuelve con sonrisa de viejo payaso,
y la brisa diligente y hermosa
aparece de súbito
en las salas de espera
donde duerme la impaciencia.
Si me asomo a la orilla
rozo
la espuma y las anclas olvidadas,
los balcones blancos donde
ganaban la desmesura y el deseo,
las paredes encaladas
donde aprendí a ser aire
y a escribir mi nombre.
Si me asomo a la orilla
escucho
el rumor de los que fueron
y las risas del amanecer sin tiempo,
la vida de la arena sin prisas ni equipajes.
Solo en esa orilla
apuesto
por la esperanza y los sueños
cuando, a modo de espejo,
me miro en sus aguas y me reconozco otra
y siempre la misma,
cuando puedo firmar la paz
entre las mujeres que me habitan
y hago,
de los insomnios de neón,
los mejores propósitos sin enmienda
hasta la próxima cita con reloj
y preguntas sin respuesta.
puedo sentir
el silencio azul de los teatros vacíos.
Algo parecido será morir en invierno.
La última caricia que mendiga sin desdén,
las penúltimas metáforas oxidadas.
El desorden de las dudas y los acantilados
vuelve con sonrisa de viejo payaso,
y la brisa diligente y hermosa
aparece de súbito
en las salas de espera
donde duerme la impaciencia.
Si me asomo a la orilla
rozo
la espuma y las anclas olvidadas,
los balcones blancos donde
ganaban la desmesura y el deseo,
las paredes encaladas
donde aprendí a ser aire
y a escribir mi nombre.
Si me asomo a la orilla
escucho
el rumor de los que fueron
y las risas del amanecer sin tiempo,
la vida de la arena sin prisas ni equipajes.
Solo en esa orilla
apuesto
por la esperanza y los sueños
cuando, a modo de espejo,
me miro en sus aguas y me reconozco otra
y siempre la misma,
cuando puedo firmar la paz
entre las mujeres que me habitan
y hago,
de los insomnios de neón,
los mejores propósitos sin enmienda
hasta la próxima cita con reloj
y preguntas sin respuesta.
miércoles 16 de noviembre de 2011
Olvido con olor a tango
No recuerdo cuando su voz empezó a morir sobre mis hombros desnudos.
Sé que bajo su brazo izquierdo trajo una alforja de premeditadas quimeras, un teléfono que sonaba dos veces por semana y un barrio sucio de pobreza escrito en la mirada.
Nunca más supe de bares cerrados ni de naufragios con distancia.
Era una rabia antigua disfrazada de silencios y sabias destrezas.
Su voz buscaba mi piel mientras yo desplegaba banderas blancas y gastaba medias carmesí los lunes por la mañana.
Derramaba en mi vientre palomas que salpicaban los mapas y... la palabra África se convertía en mañanas con olor a tango y flor marchita. Las dejaba entre mis piernas junto a un par de teteras sin té y desaparecía entre la escarcha y los cantos del gallo que nunca llegué a conocer.
Junto a las palomas, palabras con forma de poema sin vértigo que lamían el mismo mar de todos los veranos.
Muchas veces, el recuerdo inquieto de sus palabras alborotan sueños bajo las sábanas y zarandean las leyes sin precio ni aduanas. Palabras que despiertan a todos los otoños que se parecen a mi e importunan la quietud del tiempo que transcurre sin olvido.
Llega solo y sin llamarlo, junto a su alforja con premeditadas quimeras y se queda a degustar la tarde en las risas y viejas tristezas de niña desolada a punto de partir.
En noviembre, su recuerdo me sorprende por la espalda, me toma con cierto candor por la cintura y me lleva hasta la ventana para mostrarme sin miedo ni disimulo el mundo del que huyen mis pestañas tantas veces derrotadas.
Sé que bajo su brazo izquierdo trajo una alforja de premeditadas quimeras, un teléfono que sonaba dos veces por semana y un barrio sucio de pobreza escrito en la mirada.
Nunca más supe de bares cerrados ni de naufragios con distancia.
Era una rabia antigua disfrazada de silencios y sabias destrezas.
Su voz buscaba mi piel mientras yo desplegaba banderas blancas y gastaba medias carmesí los lunes por la mañana.
Derramaba en mi vientre palomas que salpicaban los mapas y... la palabra África se convertía en mañanas con olor a tango y flor marchita. Las dejaba entre mis piernas junto a un par de teteras sin té y desaparecía entre la escarcha y los cantos del gallo que nunca llegué a conocer.
Junto a las palomas, palabras con forma de poema sin vértigo que lamían el mismo mar de todos los veranos.
Muchas veces, el recuerdo inquieto de sus palabras alborotan sueños bajo las sábanas y zarandean las leyes sin precio ni aduanas. Palabras que despiertan a todos los otoños que se parecen a mi e importunan la quietud del tiempo que transcurre sin olvido.
Llega solo y sin llamarlo, junto a su alforja con premeditadas quimeras y se queda a degustar la tarde en las risas y viejas tristezas de niña desolada a punto de partir.
En noviembre, su recuerdo me sorprende por la espalda, me toma con cierto candor por la cintura y me lleva hasta la ventana para mostrarme sin miedo ni disimulo el mundo del que huyen mis pestañas tantas veces derrotadas.
sábado 5 de noviembre de 2011
El desorden de los sueños
Confieso que empiezo a desempolvar las palabras de invierno que dormían en la mesa de las películas y los libros viejos. Frases que invitan al desorden de los sueños y verbos que yacían bajo la nieve de quien fui, el hombre solitario que busca, encuentra y huye.
Me instalo por momentos en una pacífica guerra de escondites y trincheras, donde aquella vez compuse un poema con rostro y lealtades al sol.
Me rindo ante un cuerpo desnudo, el que ocupa ella en la inmensidad de las horas sin lágrimas ni aguaceros.
El mismo cuerpo, sin dagas ni agendas que llevaré conmigo dentro de los años con olor a nardo, el único que supo llevarme a un lugar sin retorno.
La piel sin huellas de esta mañana me ha arrastrado con fuerza hasta quedar varado en la orilla, donde duermen otros restos de piel con historia, otros cuerpos sin amor ni dudas, otras vocales que supieron fundirse en el vaivén del agua y las tardes calurosas de antaño mientras, cuatro pies chapoteaban al unísono un futuro sin incertidumbre ni contradicciones.
En la sinuosa entrada de la luz de este noviembre dorado y frío vuelvo a instalarme en una guerra pacífica de trincheras donde aquella vez compuse un poema con rostro y lealtades.
¿Puedes escucharlo aún?
Me instalo por momentos en una pacífica guerra de escondites y trincheras, donde aquella vez compuse un poema con rostro y lealtades al sol.
Me rindo ante un cuerpo desnudo, el que ocupa ella en la inmensidad de las horas sin lágrimas ni aguaceros.
El mismo cuerpo, sin dagas ni agendas que llevaré conmigo dentro de los años con olor a nardo, el único que supo llevarme a un lugar sin retorno.
La piel sin huellas de esta mañana me ha arrastrado con fuerza hasta quedar varado en la orilla, donde duermen otros restos de piel con historia, otros cuerpos sin amor ni dudas, otras vocales que supieron fundirse en el vaivén del agua y las tardes calurosas de antaño mientras, cuatro pies chapoteaban al unísono un futuro sin incertidumbre ni contradicciones.
En la sinuosa entrada de la luz de este noviembre dorado y frío vuelvo a instalarme en una guerra pacífica de trincheras donde aquella vez compuse un poema con rostro y lealtades.
¿Puedes escucharlo aún?
Ahora que viene la ciudad a
contarme que ya no existe,
que la tarde insolente mira esquiva los cadáveres rosas
que solo unos pocos eligieron sin azar.
Ahora que el dolor se vende a euro en los mercados de abastos
y pintamos globos de hambre en las aceras.
Ahora que estallan por minutos granadas de incertidumbre en las plazas redondas;
que la calentura del poderoso
oxida los raquíticos sueños del hambre y la miseria.
Ahora que la penumbra de los calendarios se pega como el almizcle
a las manos de lo que un día creí y fui capaz de amar
y se desvanece a fuego lento.
Ahora,en este instante de vértebras rotas y nudillos endurecidos,
siento el arrebato del mundo en los párpados como un dolor inútil;
la carencia de las calles sin memoria y los vientres con flores de alquiler
que se asoman a los balcones del desencanto.
que la tarde insolente mira esquiva los cadáveres rosas
que solo unos pocos eligieron sin azar.
Ahora que el dolor se vende a euro en los mercados de abastos
y pintamos globos de hambre en las aceras.
Ahora que estallan por minutos granadas de incertidumbre en las plazas redondas;
que la calentura del poderoso
oxida los raquíticos sueños del hambre y la miseria.
Ahora que la penumbra de los calendarios se pega como el almizcle
a las manos de lo que un día creí y fui capaz de amar
y se desvanece a fuego lento.
Ahora,en este instante de vértebras rotas y nudillos endurecidos,
siento el arrebato del mundo en los párpados como un dolor inútil;
la carencia de las calles sin memoria y los vientres con flores de alquiler
que se asoman a los balcones del desencanto.
sábado 15 de octubre de 2011
Sueños de rojo y quimeras
Tras el presunto desorden de las nubes busco las voces que calman este irse a pique del mundo loco y hostil.
Aún cuando me hago invisible, el olvido sigue pareciéndome algo opaco y estéril y queda suspendida en el aire una melodía antigua que salva o condena.
Sobre los escombros o el desencanto, por suerte, se gesta la esperanza de los cuerpos líquidos que saben balancearse en los trapecios, cuerpos obligados al peaje pero que saben hacernos creer de nuevo que las cosas pueden ser distintas a como las han diseñado unos pocos, que hay otros mares posibles.
A veces me gasto en los sueños de cafés con cigarillo y quimeras improvisadas con sabor a vodka, sueños de auditorios vacíos y el clamor de miles de personas bajo los paraguas rojos y la lluvia fina que renueva las ganas y la lucha compartida.
Otras muchas, es suficiente traspasar el deseo translúcido y atracar con dignidad en el lugar donde se está dispuesto a morir, junto al aliento persuasivo que enloquece, junto a las manos que escriben la historia de forma diferente y honesta, sin lenguajes extraños por descifrar, sin telegramas polvorientos que languidecen en cajones con corazones irreconciliables.
Todas estas cosas vienen a rondarme esta mañana en la que por primera vez me ha parecido sentir el otoño y cuyo aire se llenará de plegarias y gritos al unísono en unas pocas horas.
Aún cuando me hago invisible, el olvido sigue pareciéndome algo opaco y estéril y queda suspendida en el aire una melodía antigua que salva o condena.
Sobre los escombros o el desencanto, por suerte, se gesta la esperanza de los cuerpos líquidos que saben balancearse en los trapecios, cuerpos obligados al peaje pero que saben hacernos creer de nuevo que las cosas pueden ser distintas a como las han diseñado unos pocos, que hay otros mares posibles.
A veces me gasto en los sueños de cafés con cigarillo y quimeras improvisadas con sabor a vodka, sueños de auditorios vacíos y el clamor de miles de personas bajo los paraguas rojos y la lluvia fina que renueva las ganas y la lucha compartida.
Otras muchas, es suficiente traspasar el deseo translúcido y atracar con dignidad en el lugar donde se está dispuesto a morir, junto al aliento persuasivo que enloquece, junto a las manos que escriben la historia de forma diferente y honesta, sin lenguajes extraños por descifrar, sin telegramas polvorientos que languidecen en cajones con corazones irreconciliables.
Todas estas cosas vienen a rondarme esta mañana en la que por primera vez me ha parecido sentir el otoño y cuyo aire se llenará de plegarias y gritos al unísono en unas pocas horas.
sábado 8 de octubre de 2011
Días
Hay días en los que se guardan las llaves oxidadas en la garganta donde las arañas tejen silencios sin destino.
Días en los que la lava se derrama por los mercados de flores y los embarcaderos solitarios.
Hay días en los que la rutina engulle las mejores intenciones y el incesante bullicio del pensamiento nos aleja de quienes somos para vestirnos con los sueños de otros.
Días que cosen las pupilas enrojecidas de quienes detestan el mundo de sainete y cascabel donde se construyen muros infranqueables con grafitis invisibles a los poderosos.
Hay horas, minutos y segundos de días con heridas de perro y tibias angustias de pájaro que se cuelan en las copas vacías y las fronteras de las camas cueva.
Y entre todos esos días, como una ráfaga de viento inesperada, inventamos el remanso de alguna noche fugaz que nos traiga escamas nuevas para los pies cansados; alguna noche oscura con alma que ponga un nenúfar en nuestra boca sellada, algún sueño sin tiempo ni espera que nos ayude a cruzar de nuevo las aceras de la injusticia y el hielo que vendrá mañana.
Días en los que la lava se derrama por los mercados de flores y los embarcaderos solitarios.
Hay días en los que la rutina engulle las mejores intenciones y el incesante bullicio del pensamiento nos aleja de quienes somos para vestirnos con los sueños de otros.
Días que cosen las pupilas enrojecidas de quienes detestan el mundo de sainete y cascabel donde se construyen muros infranqueables con grafitis invisibles a los poderosos.
Hay horas, minutos y segundos de días con heridas de perro y tibias angustias de pájaro que se cuelan en las copas vacías y las fronteras de las camas cueva.
Y entre todos esos días, como una ráfaga de viento inesperada, inventamos el remanso de alguna noche fugaz que nos traiga escamas nuevas para los pies cansados; alguna noche oscura con alma que ponga un nenúfar en nuestra boca sellada, algún sueño sin tiempo ni espera que nos ayude a cruzar de nuevo las aceras de la injusticia y el hielo que vendrá mañana.
jueves 22 de septiembre de 2011
Sonrisas que tiñen los mares del sur
"Cuando el misterio es demasiado impresionante no es posible desobedecer...
Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es agotador para los niños tener que darles siempre explicaciones" El Principito. Antoine de Saint-Exupéry
Hace muchos siglos, cuando aún podía hibernar en las crisálidas de las mariposas; cuando aprendí que las palabras pueden ser ánforas vacías y tortuosos laberintos sin retorno, decidí por mi misma no "dejar mi alma vagando por el mundo" y de entre todos, los elegí a ellos.
No necesité a uno ni a dos, sino a todos, porque en cada espasmo sin oxígeno o en la torpeza ineludible que a todos nos espera, habita lo imposible.
Y eso me sedujo desde el primer gesto compartido.
No hay un solo día en que mi corazón deje de navegar por sus alas rotas de espanto, por sus ojos rapaces que adelantan mucho más que una sonrisa. Sonrisa que solo unos pocos acogen sin interrogantes absurdos.
El amor no razona ni sabe de aritméticas.El amor que es de verdad, el auténtico, ocupa un espacio invisible al resto. Él llega y puede que hasta se instale para siempre.
Yo no puedo ni querría ser nunca el aire que inspiran o exhalan para aferrarse a la vida sin mascarillas.
Yo, sigo yendo de paso y de puntillas con la certeza de que en la piel de todos ellos duermen mis caricias blancas y como mucho, la curiosidad que unto en sus dedos por los libros y otras pieles suaves hasta el infinito. Esta ansia de seguir escribiendo sus nombres en el techo de mi habitación, sabiendo que algunos trazos permanecerán y otros los borrará inesperadamente cualquier ola de un mar de otoño enfurecido.
A todos ellos, que no son números ni diagnósticos equivocados, los que llegaron y los que están, los que reclaman mi presencia para guarecernos juntos de la mirada indiferente o sin escrúpulo, a María, Diego, Laura, Abederramán, Pilar o Marisina, Carlos, Alberto o Nouhaila y esa lista, que por suerte para mi, es interminable...Gracias por formar parte del escenario de mis calles y ser la lluvia que cala mi sueños y mis desvelos.
Pero sobre todo, gracias por venir a sentaros conmigo en los bancos de las plazas solitarias en la media noche.
Imagen tomada de Nicoletta Ceccoli
Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas y es agotador para los niños tener que darles siempre explicaciones" El Principito. Antoine de Saint-Exupéry
Hace muchos siglos, cuando aún podía hibernar en las crisálidas de las mariposas; cuando aprendí que las palabras pueden ser ánforas vacías y tortuosos laberintos sin retorno, decidí por mi misma no "dejar mi alma vagando por el mundo" y de entre todos, los elegí a ellos.
No necesité a uno ni a dos, sino a todos, porque en cada espasmo sin oxígeno o en la torpeza ineludible que a todos nos espera, habita lo imposible.
Y eso me sedujo desde el primer gesto compartido.
No hay un solo día en que mi corazón deje de navegar por sus alas rotas de espanto, por sus ojos rapaces que adelantan mucho más que una sonrisa. Sonrisa que solo unos pocos acogen sin interrogantes absurdos.
El amor no razona ni sabe de aritméticas.El amor que es de verdad, el auténtico, ocupa un espacio invisible al resto. Él llega y puede que hasta se instale para siempre.
Yo no puedo ni querría ser nunca el aire que inspiran o exhalan para aferrarse a la vida sin mascarillas.
Yo, sigo yendo de paso y de puntillas con la certeza de que en la piel de todos ellos duermen mis caricias blancas y como mucho, la curiosidad que unto en sus dedos por los libros y otras pieles suaves hasta el infinito. Esta ansia de seguir escribiendo sus nombres en el techo de mi habitación, sabiendo que algunos trazos permanecerán y otros los borrará inesperadamente cualquier ola de un mar de otoño enfurecido.
A todos ellos, que no son números ni diagnósticos equivocados, los que llegaron y los que están, los que reclaman mi presencia para guarecernos juntos de la mirada indiferente o sin escrúpulo, a María, Diego, Laura, Abederramán, Pilar o Marisina, Carlos, Alberto o Nouhaila y esa lista, que por suerte para mi, es interminable...Gracias por formar parte del escenario de mis calles y ser la lluvia que cala mi sueños y mis desvelos.
Pero sobre todo, gracias por venir a sentaros conmigo en los bancos de las plazas solitarias en la media noche.
Imagen tomada de Nicoletta Ceccoli
domingo 11 de septiembre de 2011
Septiembre
El amanecer hoy ha irrumpido antes de lo previsto.
Ninguna otra ciudad guarda como esta el rocío en el cristal de los escaparates para dibujar con el dedo sueños en zig zag.
Me levanto taciturna con la sal y el peje aún en mis caderas de mar ancho y el eco ronco del destino entre mis pechos sin dudas.
Recorro sin prisa estas callejuelas de luz sin bosque y sus plazas con olor a mandarina y piel de niño herido.
Busco, anoto los recuerdos enhebrados en la distancia y que formarán mis días del mañana remoto. Recuerdos que supieron tejerse encaramados a la alcazaba, llena de escarcha y miedo, cuando pensaba en las alondras y la muerte.
Momentos que se gestaron entre el adobe y las murallas rojas, donde se escondía la historia de esta gente de ahora y se amasaba pacientemente un amor tierno y recién hecho para mi.
Esta mañana de septiembre, el asfalto se llena de alambiques y caracolas, de Penélopes sin ojos tristes ni maletas de cartón, que ya no esperan, sino que asaltan el tiempo para vivirlo.
He llegado a mi destino. Un par de ventanas rojiblancas me miran de frente y me invitan a pasar.
Tras ellas, un espacio en blanco que tal vez inventé sin saberlo en otras vidas.
Perpleja, me abandono a la estancia sin vistas ni torreones.
Cierro los ojos y sonrío a este amanecer único que ya configura una historia inesperada entre ríos que algún día sabrán morir con dignidad en el mar.
Respiro hondo y mil preguntas acuden a mi mente, pero eso ahora no importa.
Escucho los primeros sonidos de la mañana.
El mundo parece seguir funcionando ahí afuera.
O tal vez no.
Ninguna otra ciudad guarda como esta el rocío en el cristal de los escaparates para dibujar con el dedo sueños en zig zag.
Me levanto taciturna con la sal y el peje aún en mis caderas de mar ancho y el eco ronco del destino entre mis pechos sin dudas.
Recorro sin prisa estas callejuelas de luz sin bosque y sus plazas con olor a mandarina y piel de niño herido.
Busco, anoto los recuerdos enhebrados en la distancia y que formarán mis días del mañana remoto. Recuerdos que supieron tejerse encaramados a la alcazaba, llena de escarcha y miedo, cuando pensaba en las alondras y la muerte.
Momentos que se gestaron entre el adobe y las murallas rojas, donde se escondía la historia de esta gente de ahora y se amasaba pacientemente un amor tierno y recién hecho para mi.
Esta mañana de septiembre, el asfalto se llena de alambiques y caracolas, de Penélopes sin ojos tristes ni maletas de cartón, que ya no esperan, sino que asaltan el tiempo para vivirlo.
He llegado a mi destino. Un par de ventanas rojiblancas me miran de frente y me invitan a pasar.
Tras ellas, un espacio en blanco que tal vez inventé sin saberlo en otras vidas.
Perpleja, me abandono a la estancia sin vistas ni torreones.
Cierro los ojos y sonrío a este amanecer único que ya configura una historia inesperada entre ríos que algún día sabrán morir con dignidad en el mar.
Respiro hondo y mil preguntas acuden a mi mente, pero eso ahora no importa.
Escucho los primeros sonidos de la mañana.
El mundo parece seguir funcionando ahí afuera.
O tal vez no.
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